


Así es como quedó bautizada la ruta de MTB que hicimos el lunes por las Sierras del Viso del Marqués. Nuestro objetivo era llegar a El Centenillo (poblado minero cercano a La Carolina, ya en la provincia de Jaen) discurriendo con nuestras máquinas por la Cañada Real de La Plata.
El paisaje muy bonito, aunque se nota que este año no ha llovido nada: robledales, pinares y monte bajo. Muchos ciervos y en plena berrea (los pelos de punta). En el pelotón: Alberto Laguna (apodado el Induráin de La Mancha), José Luis Moraga, Javi Márquez, Ricardo y el menda.
Todo hay que decirlo: la ruta constaba de 19 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, con múltiples opciones (caminos) todas ellas absolutamente desconocidas. Esto último pudimos comprobarlo cuando (tras 6 kilómetros de ruta y 28 consultas del mapa) un capataz nos indicó que íbamos en otra dirección.
Finalmente (y gracias a las amables indicaciones del buen hombre, desde aquí nuestro agradecimiento más sentido) dimos con el camino correcto, el cual pudimos sufrir en nuestras carnes. Efectivamente, el que diseñó la Cañada Real de la Plata debió hacerlo en helicóptero, porque es un continuo rompepiernas: ahora arriba (uff), ahora abajo (menos mal). Así llegamos al punto en que el mapa indicaba que pasábamos de pista asesina a senda mataciclistas. Llegados aquí (y por decisión unánime y democrática) decidimos tumbarnos bajo un madroño, comer, dormitar y dar media vuelta, para disfrutar (ahora de bajada) todas las cuestas que habíamos subido.
La jornada terminó frente al Palacio del Marqués en el Viso, donde tomamos un refresco y visitamos la iglesia. Volveremos.
El paisaje muy bonito, aunque se nota que este año no ha llovido nada: robledales, pinares y monte bajo. Muchos ciervos y en plena berrea (los pelos de punta). En el pelotón: Alberto Laguna (apodado el Induráin de La Mancha), José Luis Moraga, Javi Márquez, Ricardo y el menda.
Todo hay que decirlo: la ruta constaba de 19 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, con múltiples opciones (caminos) todas ellas absolutamente desconocidas. Esto último pudimos comprobarlo cuando (tras 6 kilómetros de ruta y 28 consultas del mapa) un capataz nos indicó que íbamos en otra dirección.
Finalmente (y gracias a las amables indicaciones del buen hombre, desde aquí nuestro agradecimiento más sentido) dimos con el camino correcto, el cual pudimos sufrir en nuestras carnes. Efectivamente, el que diseñó la Cañada Real de la Plata debió hacerlo en helicóptero, porque es un continuo rompepiernas: ahora arriba (uff), ahora abajo (menos mal). Así llegamos al punto en que el mapa indicaba que pasábamos de pista asesina a senda mataciclistas. Llegados aquí (y por decisión unánime y democrática) decidimos tumbarnos bajo un madroño, comer, dormitar y dar media vuelta, para disfrutar (ahora de bajada) todas las cuestas que habíamos subido.
La jornada terminó frente al Palacio del Marqués en el Viso, donde tomamos un refresco y visitamos la iglesia. Volveremos.



